jueves, 15 de septiembre de 2016

Ideologías políticas

Liberalismo, socialismo y nacionalismo son las ideas políticas con más importancia en la Historia Contemporánea. El liberalismo es una ideología marcadamente individualista. Pone énfasis en los derechos individuales. Es la ideología característica de la Revolución Francesa y su individualismo era entonces revolucionario porque se oponía a la visión de una sociedad organizada en grupos (estamentos, gremios…). Los liberales son partidarios de la iniciativa privada y de la limitación de la actividad del Estado al mínimo (ejército, policía, obras públicas). El Estado ideal de los liberales, por lo tanto, cobraría pocos impuestos a sus ciudadanos, pero tampoco les prestaría muchos servicios. Varias aspiraciones liberales siguen vigentes en la actualidad, como la representación política o la separación de poderes (legislativo, ejecutivo, judicial). Esta, en su inicio se oponía a la concentración de poderes que se daba en el Estado de la monarquía absoluta. Una aportación importante del liberalismo fue el uso del diálogo para la resolución de conflicto y la toma de decisiones, ya que esto fue empleado posteriormente por otras ideologías. Desde los años 80 del siglo XX las políticas liberales han vuelto a ganar terreno. Es lo que se denomina neoliberalismo
No debemos confundir la idea de liberalismo con la de democracia. Esta implica el poder del grupo a través de la toma de decisiones por mayoría. Un poder que teóricamente podría volverse contra el ciudadano. De esta forma, si un 51% de la población decidiera arbitrariamente encarcelar al 49% restante, estaríamos ante una decisión democrática, pero no liberal, porque estaría vulnerando el derecho a la libertad.
En los países de nuestro entorno, desde hace tiempo, se ha logrado una fórmula mixta, la democracia liberal. Se trata de un sistema en el que prima la toma de decisiones por mayoría, pero impide –a través de la constitución- que tales decisiones vulneren los derechos básicos.
El nacionalismo ha gozado de una importancia aun mayor que la del liberalismo. Es un movimiento político que pretende obtener o ejercer el poder usando argumentos derivados de la idea de nación. Aunque los nacionalistas suelen creer que esta se remonta a un lejano pasado, en realidad no va mucho más allá de la Revolución Francesa. Por entonces, la mayoría de europeos tendía a identificarse con estructuras más pequeñas que la “nación” (localidad) y por encima de ella situaban solo conceptos como el monarca o la Cristiandad. La idea de nación es incomprensible sin la existencia previa del Estado –que más adelante estudiaremos- y su función homogeneizadora hacia el interior las fronteras y diferenciadora hacia el exterior. Se terminó produciendo una confluencia entre un fenómeno político-administrativo (Estado) y otro ideológico (nación) en el Estado-nación en el que los ciudadanos –ya no súbditos- se sienten unidos por vínculos entre sí y a su Estado.
Hay factores objetivos que favorecieron la difusión del nacionalismo, especialmente, aquellos relacionados con la modernización (industrialización, urbanización, educación, etc.), pero el nacionalismo habría sido imposible sin los nacionalistas, que crearon asociaciones nacionales, escribieron historias nacionales, compusieron himnos nacionales, diseñaron banderas nacionales…
Existen dos tipos de nacionalismo. El nacionalismo político apareció en tiempos de la Revolución Francesa, ya que al poner fin a la soberanía regia legitimada por la religión, había que dar una nueva legitimidad a los gobernantes: la soberanía nacional. Se vincula al liberalismo y tenía tendencias progresistas. Concebía la nación como una entidad construida por la voluntad de los ciudadanos, y –por lo tanto- un fenómeno político. Ello no impidió a los gobernantes estatales interesarse por la extensión de los sentimientos nacionalistas –sobre todo a través de la educación- ya que estos legitimaban su poder. La nación política es, pues, un fenómeno subjetivo (“Me siento miembros de la nación X”). Los nacionalistas políticos deseaban la constitución de estados-nacionales viables, es decir, suficientemente extensos, como para poder garantizar el progreso económico, cultural, etc., de sus habitantes. No es extraño que impulsaran movimientos unificadores en zonas donde los estados eran pequeños (Alemania, Italia) o que mostraran poco interés por diferencias lingüísticas o religiosas de sus miembros, considerándolas parte de su vida privada.
Hacia 1870 surge otra forma de nacionalismo, el nacionalismo cultural, aunque ello no implicó la desaparición del político. Era una época en la que la ciencia ejercía un fuerte atractivo sobre la población europea. Hubo intelectuales que pensaron que la nacionalidad no podía quedar al libre albedrío de los ciudadanos, sino que debía existir algún rasgo “objetivo”, “científico”, que indicase sin dudas quién formaba parte de una nación y quién no. Para ellos la nación era un fenómeno prepolítico que se basaba en un rasgo cultural, siendo los más empleados la lengua, la raza y la religión. La patria ya no es algo meramente útil, como en el caso anterior, pasando a convertirse en algo sagrado.
El nacionalismo cultural defiende las naciones homogéneas, que cumplan el requisito “cultural” en el que se basan. Cuando lo hacen en un criterio como la lengua, procurarán la integración de minorías que no hablen la lengua “nacional”. Pero si el criterio es la raza, la integración es imposible y se abren las puertas a la extirpación de lo que consideran un cuerpo extraño. El nacionalismo cultural coincide con fenómenos como la expansión de la democracia o los partidos de masas y tendió a vincularse con sectores políticamente más conservadores.
El socialismo aspiró a disminuir o eliminar las injusticias sociales, que estaban siendo acentuadas por la Revolución Industrial. Se pueden buscar sus raíces en un remoto pasado. Por lo que se refiere a la Edad Contemporánea, pueden verse tendencias socialistas ya en sectores revolucionarios franceses (Babeuf). Los primeros socialistas mostraron ideas muy heterogéneas. Hubo cuestiones que les dividieron: algunos daban importancia a la acción del Estado (Saint-Simon, Blanc), mientras otros se oponían (Proudhom), unos preferían la reforma (Owen) y otros se inclinaban por la revolución (Blanqui). Algunos admitían una propiedad privada limitada (Proudhom, Fourier) y otros no (Blanqui).
Aunque ninguno de estos pensadores consiguió el triunfo de sus ideas, proporcionaron un sustrato sobre el que crecieron las dos principales corrientes socialistas, marxismo y anarquismo. Sin embargo, Marx no dudó tildar a sus predecesores de “socialistas utópicos” para contraponerlos a su visión del socialismo, a la que llamó “socialismo científico”, en una nueva muestra del impacto que la ciencia ejercía en la época. Fue seguidor del filósofo Hegel, que aportó su visión de una tendencia de la humanidad al progreso, pero también le influyó Darwin. A él debe mucho su idea de lucha de clases. Marx aportó a la ciencia el concepto de clase y concibió la historia de la humanidad como una sucesión de fases en las que dos clases luchaban, produciéndose al final de cada etapa la victoria de una de ellas, pasándose a una etapa superior de la humanidad. Creía que el último cambio se producía al pasar de la sociedad feudal –en la que lucharon nobleza y burguesía- a una sociedad capitalista.
A partir de ahí pronosticaba el combate entre la burguesía dominante y el proletariado, la victoria de este, que establecería temporalmente la dictadura del proletariado para acabar con los residuos burgueses y sentaría las bases de la futura sociedad socialista, en la que la humanidad habría alcanzado la felicidad y la justicia.
Marx no dejó claros algunos aspectos de sus teorías. Por ejemplo, si algunos escritos tienen tono reformista, otros lo tienen revolucionario. Esto favoreció la división de sus sucesores en distintas corrientes en pugna entre sí. Todas ellas compartían ciertos rasgos: en la medida que deseaban controlar el poder del Estado para establecer la dictadura del proletariado, querían contar con un partido y tenían una disciplina era estricta.
Los marxistas fueron uno de los grupos presentes en la AIT o I Internacional (1864). Era un grupo muy plural que incluía a socialistas primitivos o a las potentes Trade Unions (sindicatos) británicas. Marx consiguió ir eliminando de ella a diversos sectores y finalmente se enfrentó con los anarquistas. Poco después de la expulsión de los anarquistas de la AIT (1872), esta desapareció. En 1889 se fundó la II Internacional, que tuvo tendencia socialdemócrata. En ella la toma de decisiones era por mayoría y no era vinculante para los partidos miembros. El estallido de la Gran Guerra puso fin a su existencia.
El anarquismo tiene como principal teórico a Bakunin. Si hay una coincidencia entre este y Marx sobre la sociedad ideal, no la hay sobre los medios para llegar a ella.
Los anarquistas rechazaban la autoridad. Por lo tanto, no entraba en sus objetivos controlar un Estado –preferían destruirlo- y por lo tanto, no se organizaron en partidos. Poco disciplinados, sus acciones a veces no pasaban de atentados individuales y a lo sumo estuvieron dispuestos a formar sindicatos (anarco-sindicalismo). Mientras diversas corrientes marxistas consiguieron el poder en varios países, los anarquistas no consiguieron triunfos significativos.

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