El
triunfo fascista guarda –como la Revolución Rusa- una relación con la Gran
Guerra. Pese a ser un país vencedor, Italia se sentía frustrada. Se hablaba de
una “victoria mutilada”, porque se creía que los enormes sacrificios realizados
merecían mucho más que los exiguos territorios obtenidos. El malestar se
extendía por el país y la economía no despegaba. La inflación pasó del 413% en
1918 al 591% en 1920, perjudicando especialmente a los más pobres e
incrementando las tensiones sociales y políticas. Numerosos jóvenes
desmovilizados se encontraban en paro.
Disciplinados
y con conocimientos militares, constituían un caldo de cultivo que podía
aprovechar un movimiento contra el poder.
El
socialismo atravesaba una profunda crisis, ya que un sector más radical tomó
como modelo la Revolución Rusa y puso en marcha una agitación revolucionaria
que asustaba a sectores conservadores. Durante la Gran Guerra, algunos
socialistas también se separaron del partido porque no compartían su oposición
al conflicto y se inclinaban por una política más nacionalista. Entre ellos
destacaba Benito Mussolini.