En 1870 se produjo una guerra entre dos grandes potencias europeas: Francia y Prusia, que
consiguió entonces la unificación de Alemania. En las décadas posteriores no hubo guerra entre
grandes potencias. Pero esto no significa que no hubiese tensiones entre ellas. Por el contrario, estas
fueron muy intensas y en ocasiones estuvieron a punto de producir el estallido de una guerra.
Bismarck fue el gobernante más destacado a fines del XIX. No era un pacifista pero, como
consideraba que Alemania gozaba de una posición hegemónica en Europa, deseaba conservarla
manteniendo la paz.
Para ello ideó un complejo sistema de alianzas que procuraban evitar que Rusia
y Francia –potencias vecinas de Alemania- pudiesen entenderse. Aparentemente era un objetivo
sencillo porque se trataba del país políticamente más retrógrado de Europa y del más avanzado.
Sin embargo este no era el único problema en Europa. Habitualmente las relaciones de un
estado europeos con sus estados vecinos eran malas, siendo muchas las cuestiones que generaban
fricciones entre ellos. Por ejemplo, Francia y Reino Unido rivalizaban en la mayor parte del mundo
por su expansión colonial. Sin embargo, en los Balcanes compartían el interés por mantener al
Imperio Otomano. Francia –con intereses en Oriente Próximo- y el Reino Unido –con posesiones en
las islas Jónicas, Chipre e intereses en Egipto- preferían mantener a este débil imperio antes que ver
la zona ocupada o bajo la esfera de potencias más fuertes. Las dos potencias que aspiraban a ello
eran Austria-Hungría y Rusia que –por lo tanto- eran rivales entre sí. Podría añadirse una larga lista
de rivalidades entre Italia y Austria-Hungría, pero también Italia y Francia, Reino Unido y
Alemania, etc. que dibujaban un panorama complejo y tenso de la Europa de la época.
El sistema de alianzas era fuente de problemas porque la mayoría de alianzas eran secretas,
de forma que un país podía desconocer que otros países habían firmado una alianza contra él.
Además, estas alianzas eran unas veces ofensivas, implicando apoyar al país aliado aunque fuese el
agresor, y otras solo defensivas, en cuyo caso, solo había obligación de apoyar al aliado si era
agredido.
Podríamos, en definitiva, decir que desde 1870 reino una calma tensa, en la que los países
valoraban como cada vez más posible un gran enfrentamiento, sin que tuvieran una idea precisa de
qué países entrarían en guerra y de qué bando lo harían. Eso favorecía una carrera armamentística, ya que los avances técnicos de la Segunda Revolución Industrial hacían que quedase obsoleto una
armamento que pocos años antes habría sido considerado nuevo.
En Alemania, los sucesores de Bismarck fueron menos hábiles y a inicios del XX Francia
fue rompiendo su aislamiento, aproximándose a Rusia y reduciendo sus tensiones con Reino Unido
e Italia. Hubo varios momentos de tensión: con ocasión de la visita del káiser Guillermo II a Tánger
(1905) y en 1911 por una nueva intervención alemana en Marruecos. Pero en los dos casos la
diplomacia evitó el conflicto.
Pero la zona más complicada eran los Balcanes. En 1912-1913 se produjo la Primera Guerra
Balcánica, en la que el Imperio Otomano fue atacado y rápidamente derrotado por sus países
vecinos. En 1913 comenzó la Segunda Guerra Balcánica, que enfrentó a Bulgaría –país más
beneficiado por la anterior guerra- con sus vecinos, siendo esta derrotada. En ambos casos existió el
riesgo de que un conflicto regional se convirtiese en un conflicto general.
No hay comentarios:
Publicar un comentario