El
triunfo fascista guarda –como la Revolución Rusa- una relación con la Gran
Guerra. Pese a ser un país vencedor, Italia se sentía frustrada. Se hablaba de
una “victoria mutilada”, porque se creía que los enormes sacrificios realizados
merecían mucho más que los exiguos territorios obtenidos. El malestar se
extendía por el país y la economía no despegaba. La inflación pasó del 413% en
1918 al 591% en 1920, perjudicando especialmente a los más pobres e
incrementando las tensiones sociales y políticas. Numerosos jóvenes
desmovilizados se encontraban en paro.
Disciplinados
y con conocimientos militares, constituían un caldo de cultivo que podía
aprovechar un movimiento contra el poder.
El
socialismo atravesaba una profunda crisis, ya que un sector más radical tomó
como modelo la Revolución Rusa y puso en marcha una agitación revolucionaria
que asustaba a sectores conservadores. Durante la Gran Guerra, algunos
socialistas también se separaron del partido porque no compartían su oposición
al conflicto y se inclinaban por una política más nacionalista. Entre ellos
destacaba Benito Mussolini.
Tras
la guerra se formaron diversos pequeños grupos radicales nacionalistas que prosperaban
en el ambiente de inestabilidad. En 1919 el poeta D’Annunzio, al frente de
militares desmovilizados italianos, ocupó la ciudad de Fiume, que no había sido
cedida a Italia pese a contar con mayoría de población italiana. Ante la
pasividad internacional, se creó un pequeño estado que en algunos aspectos
resultaría precursor del fascismo (camisa negra, saludo romano…).
La
política italiana, antes de la guerra, estuvo dominada por políticos
procedentes de clases acomodadas y con una media de edad alta. El más relevante
entre ellos, Giolitti, introdujo en 1913 el sufragio universal masculino, en un
intento de atraer a sectores populares al liberalismo de izquierda. No lo
consiguió y los principales beneficiarios fueron el católico Partito Popolare Italiano,
los socialistas y, posteriormente, los fascistas.
En
1919 se formaron los Fasci italiani di combattimento, integrados por veteranos desmovilizados y antiguos
socialistas y sindicalistas revolucionarios. Era un movimiento heterogéneo y
sin un programa o liderazgo claros, que en las elecciones de ese año no obtuvo ningún
diputado. Les unía un fuerte nacionalismo, el rechazo a la política imperante,
pero también al marxismo internacionalista. Se mostraron muy pragmáticos, y
dieron una clara prioridad a la acción sobre la teoría.
La
insurrección socialista en Ancona (1920) fracasó, pero extendió el temor a una revolución
socialista. Eso hizo que muchos viesen como un mal menor la violencia de los
fascistas, organizados eficazmente en escuadras. Desde el Estado, se prefirió
dejarles actuar en lugar de emplear la policía porque se trataba de un trabajo sucio que podría
acarrear impopularidad a los políticos. Pero eso hizo que muchos interpretaran
que quien garantizaba el orden no era el gobierno, sino la milicia fascista.
El
crecimiento del fascismo era exponencial. Pasó de 190 fasci (grupos) en octubre
de 1920 a más de 800 a fin de año y a 2.200 en noviembre de 1921. Sus éxitos
espectaculares se debieron en parte a su orientación y organización militar. El
gobierno no hizo nada contra el activismo fascista, dando muestras de
complicidad y la mayor parte de los políticos no dio señales de alarma.
En
una primera fase, la violencia fascista consiguió desmovilizar a la izquierda.
En 1921 el fascismo dejó de ser un simple movimiento para convertirse en un
partido político, con una jerarquía clara y marcada. A su frente se situó
Mussolini. No era un político tradicional. Periodista procedente del socialismo,
buen orador, combatiente en la Gran Guerra, podía presentarse por sus orígenes
como parte del pueblo llano. En las elecciones de ese año obtuvo 35 escaños,
muy por detrás de los 122 del Partido Socialista Italiano o 108 del
democristiano Partido Popular Italiano.
Pero
se trataba de un éxito para un grupo recién surgido y además su protagonismo en
las calles italianas era mucho mayor. La popularidad del partido siguió creciendo.
Consciente de ello, Mussolini decidió en octubre de 1922 impulsar un golpe de
fuerza: la Marcha sobre Roma. Ordenó a los fascistas dirigirse sobre la capital
para ocupar los puntos neurálgicos del poder. En ese sentido, se trataba de una
estrategia revolucionaria y si bien los milicianos no iban armados para una auténtica
toma del poder por la fuerza, el riesgo de un estallido de la violencia era
evidente.
El
gobierno se hallaba ante un reto porque debería reprimir una maniobra contra la
legalidad política, pero quienes debían ser reprimidos eran quienes habían
aparecido como garantes de la seguridad en los últimos años y además, los
encargados de reprimirles, veían en ellos a unos buenos
patriotas,
compañeros de armas en la Gran Guerra. El rey optó por encargar a Mussolini
presidir un gobierno de coalición en el que no había más fascistas. El
meteórico ascenso del fascismo prosiguió y Mussolini permitió que los
escuadristas continuaran reprimiendo a sus enemigos, ahora con total impunidad.
En noviembre consiguió que se le concedieran plenos poderes durante un año, que
utilizó para establecer una ley electoral que favoreció en 1924 que el Partido
Nacional Fascista lograse una mayoría absoluta. Italia se encaminaba a la
dictadura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario