3.2 La crisis económica: estrategias para la superación
Varios países recurrieron a las ideas de un liberal positivo que para muchos eranheterodoxas. Se trataba del británico Keynes. Proponía una respuesta diametralmente
opuesta al liberalismo clásico, pidiendo tanto a los ciudadanos comunes y especialmente
al Estado que incrementaran el gasto. En unos momentos en los que la actividad del
sector privado se retraía, el Estado debía ganar protagonismo, por ejemplo, mediante la
puesta en marcha de obras públicas. Esto generaría puestos de trabajo directos y los
trabajadores ocupados podrían incrementar su gasto, contribuyendo a la reactivación
económica, generando nuevos empleos. De este modo se rompería la tendencia a la
profundización de la crisis.
Keynes era consciente de que el incremento del gasto público requería fondos y
proponía obtenerlos mediante una fiscalidad progresiva, considerando que los efectos
negativos sobre quienes tuvieran que padecerla serían compensados por el
mantenimiento de la paz social y el incremento de la actividad de quienes poseían
negocios. Estas ideas fueron conocidas como keynesianismo y tuvieron una gran
influencia en las décadas posteriores. Durante la Crisis de 1929 ideas keynesianas
fueron adoptadas por países tan distintos como la Suecia socialdemócrata o la Alemania
nazi.
En Estados Unidos comenzó la presidencia de Roosevelt en 1933. Fue uno de
los presidentes más populares de Estados Unidos –sería reelegido tres veces- en buena
medida por su gestión de la crisis económica. Su política económica es conocida como
New Deal. Se trata de un conjunto de leyes con evidente influencia keynesiana que
incrementaron la intervención del Estado en la economía. Entre otras, se devaluó el
dólar y se promovió el fin de la bajada de precios de productos agrícolas e industriales.
Hasta entonces, los potenciales consumidores preferían no comprar, ya que pensaban
que era mejor esperar, porque los precios seguirían bajando. Roosevelt convenció a los
productores para que llegaran a acuerdos para establecer un precio mínimo para sus
productos, comprometiéndose a no bajarlo. Al frenar la caída de precios, se esperaba
reanimar el consumo. También fueron importantes las obras públicas acometidas por
iniciativa de Roosevelt, como la construcción de embalses en el río Tennessee. La
protección social en algunas materias (seguridad social, subsidio de desempleo) se
amplió, aunque siguió siendo insuficiente. Las charlas radiofónicas semanales del
presidente también contribuyeron a animar a la población y a aumentar su propia
popularidad.
El incremento del gasto que implicaba el New Deal se costeó mediante un
aumento de los impuestos sobre las rentas más altas, por lo que desde estos sectores se
acusó a Roosevelt de ser anticapitalista. El Tribunal Supremo, en manos de
ultraconservadores, se opuso a lo que juzgaban una intromisión gubernamental en la
economía.
Hacia 1937 el New Deal fue perdiendo impulso. El relativo abandono de las
políticas de gasto público favoreció una pequeña recesión y el aumento de la
conflictividad social, por lo que en 1938 se retomaron las orientaciones keynesianas.
Haciendo balance, podría decirse que el New Deal fue un éxito parcial. Inyectó
optimismo en la población y reactivó la economía, pero en 1939 todavía había un 17%
de parados y la política social fue tímida. Solo el estallido de la guerra haría que Estados
Unidos superase definitivamente la crisis de 1929.
En el Reino Unido las medidas proteccionistas adoptadas en 1932 surtieron
cierto efecto, aumentando el consumo del mercado. Desde 1936 se introdujeron
políticas keynesianas (impuestos progresivos, subsidios de desempleo, vacaciones
pagadas). La carrera armamentista también contribuyó a la salida de la crisis. El Reino
Unido no conoció una importante conflictividad social, lo que contribuyó a que fuese
también una excepción en la política europea. No se produjo una radicalización
significativa, obteniendo escaso eco los mensajes comunistas y fascistas.
En cambio, en Europa continental los ciudadanos tendieron a polarizarse,
retrocediendo los partidarios de la democracia parlamentaria, que fue derribada en
muchos países y amenazada en otros, como Francia, pese a su tradición democrática.
Allí se produjeron en 1934 disturbios que fueron considerados por la izquierda un
intento de golpe de Estado, favoreciendo el agrupamiento de la izquierda en el Frente
Popular, que venció en las elecciones de 1936. Esta coalición devaluó el franco –aunque
la medida, por tardía, resultó ineficaz- y puso en marcha una política que pretendía
elevar el empleo y el consumo (elevación del salario mínimo, establecimiento de
vacaciones pagadas…). Pero esto implicaba, en principio, que los empresarios
incrementasen sus gastos. Sin embargo muchos prefirieron cerrar sus empresas y sacar
los capitales del país. El Frente Popular empezó a descomponerse, aproximándose sus
sectores más moderados a la derecha. Solo en 1938 la economía empezó una tibia
recuperación. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Francia aparecía como un
país con graves problemas económicos y con políticamente con unas fisuras internas
que lo situaban al borde de la guerra civil. Esta situación explica su rápida derrota por
las tropas alemanas en 1940.
Japón es un caso muy particular. Fue la economía desarrollada que menos
afectada por la Crisis de 1929 y la primera en superarla. Ello se debió a que Japón entró
en conflicto con China a inicios de los años 30. De este modo, Japón consiguió
controlar extensas áreas que constituían una fuente de materias primas para su industria,
pero también un nada desdeñable mercado para sus productos. Con muchos varones
ocupados en el ejército y una economía orientada a la guerra, Japón no conoció los
efectos más nocivos de la crisis y en lo político vio como la influencia de los militares
crecía constantemente.
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