La especie humana es gregaria. Ello implica que debemos compatibilizar nuestra existencia individual con los condicionantes que implica la vida en un grupo. El grupo nos proporciona seguridad y nos permite cierta autonomía individual, pero si rebasamos un límite, el grupo puede tomar medidas contra nosotros como individuos, pudiendo poner en peligro nuestra existencia.
1.1 Desigualdad y estratificación social
Como individuos, tenemos sueños, aspiraciones… y estamos dispuestos a hacer esfuerzos para conseguirlos. En algunos casos, estos objetivos están disponibles en cantidades que podríamos considerar infinitas, como el amor o la salud.Es decir, el que algunos de nosotros hagamos un esfuerzo para mejorar nuestra salud no implica que la salud de otras personas empeore. Sin embargo, a lo largo del curso nos centraremos en unos aspectos que se caracterizarían por ser limitados: el poder, el prestigio y la riqueza. Se es poderoso, prestigioso o rico solo por comparación: en una sociedad en la que todos dispusieran de cuantiosos bienes, nadie se sentiría rico. Poder, prestigio y riqueza han estado históricamente distribuidos de modo desigual. El resultado fue la aparición de una estratificación social que solemos representar en una pirámide.
Con frecuencia podemos ver que las personas ricas tienen también poder y prestigio, pero la correlación no es exacta. Por ejemplo, los presidentes de los gobiernos de los países democráticos no suelen encontrarse entre las personas más ricas de sus países. Una cantante puede tener mucho prestigio, pero no necesariamente poder. Ahora bien, es relativamente fácil intentar convertir una de las tres variables en otra: un político podría corromperse (estaría transformando el poder en riqueza) o una cantante aprovechar su popularidad para entrar en política (convertiría prestigio en poder).
Las sociedades suelen dar prioridad a uno de estos tres elementos a la hora de establecer una jerarquía. Así, durante la Edad Media y la Moderna, el criterio determinante era el prestigio. Eso nos hace más difícil su comprensión, porque en nuestra sociedad la jerarquía viene establecida por la riqueza.
Quienes están en la parte alta de la pirámide social, procuran mantenerse en esa zona e incluso transmitir esa posición a sus descendientes. Desearían “congelar” unas diferencias sociales que les benefician, pero que perjudican a quienes están en la zona inferior.
Esto nos conduce a otra cuestión: la movilidad social. Se trata de la posibilidad de que una persona que se encuentra en un punto de la pirámide social pueda modificar su ubicación. Según su sentido, hablamos de movilidad horizontal cuando el cambio no implica una modificación en poder, riqueza o prestigio (por ejemplo, una persona que deja de trabajar en una fábrica de calzado para trabajar en una fábrica de camisas) o de movilidad vertical, que implica la posibilidad de ascender o descender socialmente.
Si las personas peor situadas de una sociedad piensan que las posibilidades de movilidad social son altas, tendrán la esperanza de un ascenso social para ellos o para sus hijos, lo que estabilizará a la sociedad. Pero de no ser así, es probable que se incrementen las tensiones sociales.
Existen dos modelos de sistemas de estratificación social que resultan más importantes: el estamental y el clasista. En la sociedad estamental la movilidad social era muy escasa, limitándose prácticamente a la posibilidad de acceder al clero. Se trataba de una sociedad que se jerarquizaba en función del prestigio. En cambio, la sociedad de clases ofrece más posibilidades de movilidad y se basa en la riqueza.
El grupo –la sociedad- procura sobrevivir. Para eso necesita transmitir a los miembros que nacen en su seno un conjunto de normas y valores. Los valores son maneras de ser u obrar que una sociedad considera ideales, mientras que las normas tienen un valor regulador, funcionando como leyes no escritas. Podemos esperar que nuestra sociedad nos juzgue positivamente en la medida que mostremos sus valores y que nos castigue si transgredimos sus normas.
Los valores y las normas no son iguales en todos los lugares. Por ejemplo, la sociedad norteamericana se ha mostrado tradicionalmente más individualista, mientras que la de Extremo Orienta ha tendido a poner énfasis en el grupo. Valores y normas pueden cambiar con el tiempo. Por ejemplo, la norma que antiguamente “castigaba” a las mujeres si usaban pantalón ha desaparecido en nuestras sociedades. El ritmo de los cambios, que era muy lento en las sociedades antiguas, se ha acelerado en las actuales.
1.2 La socialización y la legitimación
Nacemos, por lo tanto, en sociedades que tienen unas normas, valores y creencias concretos. Los individuos adquirimos todo ellos a través de la socialización.Es un proceso que nos dota de herramientas para adaptarnos a la sociedad. Tanto los individuos como la sociedad cambian. En ese sentido, el proceso de socialización dura toda la vida. Sin embargo, es evidente que sus fases más importantes se producen en las primeras etapas de nuestras vidas.
Los ámbitos de socialización más importantes son la familia, el centro educativo y el contexto en el que se desenvuelve la vida de la persona. Su importancia varía. En nuestros primeros años, el papel de la familia es, con diferencia, el más importante. Posteriormente la escuela y más tarde el entorno reducen su importancia. Los grupos de iguales (compañeros, amigos) van cobrando valor con el tiempo. Simplificando un tanto, podríamos afirmar que padres, profesores y compañeros han contribuido a que seamos quienes somos.
Como se ha indicado, toda sociedad muestra desigualdades en el reparto de poder, prestigio y riqueza. Una de las funciones de la socialización es hacer que los miembros de la sociedad acepten estas diferencias. La legitimación es el proceso mediante el cual se justifican estas diferencias. Entre los elementos más empleados para legitimar se encuentran:
-La tradición, que afirma que las cosas deben ser así, porque siempre han sido así, cerrando la mente a las posibilidades de cambio.
-La justificación religiosa. Se indica que las diferencias son fruto de la voluntad divina.
-La justificación ideológica, que da argumentos para explicar por qué un sector de la sociedad disfruta de mayor poder, riqueza y prestigio. Por ejemplo, atribuirle una mayor capacidad.
-La justificación legal, que explica que quienes disfrutan de una mejor posición lo hacen en virtud de la legalidad vigente.
Estas vías no son excluyentes, pudiendo usarse varias simultáneamente.
La enseñanza o los medios de comunicación son herramientas útiles para la legitimación. Los responsables de educación y comunicación seleccionan contenidos y los plantean de forma que respalden el reparto desigual vigente en su sociedad.
Un aspecto de la legitimidad de especial valor para el estudio de la historia es la legitimación política, que justifica el desigual disfrute del poder político. Si consigue su objetivo y la mayoría de la población considera el sistema político justo, hablamos de legitimidad del sistema político y si no es así, de ilegitimidad. Además, un sistema político recurre a la justificación legal, es decir, a la legalidad, que no debe confundirse con la legitimidad. Veamos un ejemplo: a fines del siglo XVIII las monarquías absolutas eran las legalmente establecidas, pero estaban viéndose muy afectadas en su legitimidad. De forma aún más sencilla, cuando hablamos de legalidad nos referimos a las leyes vigentes en ese momento, mientras que al referirnos a la legitimidad lo hacemos a lo que consideremos justo o injusto.
1.3 Cambio y continuidad
Durante la mayor parte de la historia, el ritmo del los cambios ha sido muy lento. Por ejemplo, la vida de los hombres hace 1.000.000 se diferenciaba poco de quienes vivieron 100.000 años después. Sin embargo, en el presente, períodos más cortos –por ejemplo, 50 años- implican cambios espectaculares.En toda sociedad existen grupos (quienes ya están bien situados solo pueden perder con el cambio) y procesos (socialización, legitimación) que se oponen al cambio.
Pero el paso del tiempo hace que estos cambios sean inevitables. Hablamos de reforma cuando los cambios se producen de forma poco perceptible, por lo que no generan resistencia. Los procesos reformistas suelen ser más lentos, aunque tienen un efecto acumulativo. La revolución, en cambio, es un período de cambios bruscos, que generan tensiones claramente percibidas por quienes las viven. Es probable –aunque no imprescindible- que estos cambios desemboquen en la violencia. Por ejemplo, la nobleza británica a lo largo del XVIII y el XIX aceptó un proceso reformista que redistribuyó el acceso al poder, riqueza y prestigio (democratización, protagonismo de la burguesía). Este cambio lento permitió a la nobleza británica conservar una buena posición en la nueva sociedad. Por el contrario, la nobleza francesa se mostró más reacia al cambio, las tensiones se hicieron insoportables y estallaron en la Revolución Francesa, produciéndose la redistribución de forma rápida y muy perjudicial para los intereses de la nobleza.
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