domingo, 19 de febrero de 2017

La Alemania nazi

Resulta sorprendente que Alemania, cuna de filósofos como Kant o Hegel, país
reputado como culto y que se había distinguido por sus avances científicos y
económicos durante la Segunda Revolución Industrial, se convirtiera en la base de un
sistema político que promovió atrocidades enormes. Resulta tentador intentar centrar en
la denostada figura de Hitler y su círculo más cercano la responsabilidad de lo sucedido.
Pero resultaría entonces complicado explicar cómo un grupo de personas que, ni por sus
orígenes sociales, ni por su formación cultural parecía llamado a tener una brillante
carrera política fue capaz de arrastrar a una nación tan avanzada.

La imagen de una Alemania relativamente impoluta, engañada por el fanatismo
de un puñado de líderes nazis tuvo éxito durante la Guerra Fría. Era conveniente para
los vencedores estadounidenses y soviéticos, que ahora –ante la posibilidad de una
nueva guerra- pugnaban por ganar simpatías de los recién derrotados alemanes.
También lo para estos, que pasaban a convertirse en unas víctimas más del nazismo.
Pero esta imagen simplista de un mundo que fue a la guerra por unos cuantos
dementes que embaucaron a su país es insostenible. Lo cierto es que el fenómeno del
nazismo –y del totalitarismo en general- merece una explicación más consistente. De
hecho, los partidarios de políticas totalitarias proliferaron por toda Europa.
Nazismo, fascismo o comunismo compartían la idea ilustrada de progreso, de
una humanidad que cada vez sería mejor y más feliz y de que ello se debería en gran
medida a la aportación de la ciencia. Estas ideas las compartían también otras corrientes
políticas. Pero las ideologías totalitarias se aferraron a ellas de una forma fanática.
Creyeron estar en posesión de la verdad y para llegar a su visión de ese futuro feliz (el
Reich de los mil años de Hitler, un paraíso de justicia social en la tierra para el
estalisnismo…) no dudaron en silenciar o, en el peor de los casos, asesinar, a quienes no
la compartían o eran considerados un obstáculo para su logro.
De orígenes comunes, como la mayoría de líderes totalitarios, Hitler suplió su
falta de estudios o de riqueza con ciertas cualidades. Como Mussolini, era un orador
capaz de arrastrar a las multitudes y, como Stalin, calculaba fríamente sus objetivos. En
su libro Mi lucha había expuesto sus principales ideas. El racismo era un componente
básico, aunque Hitler distaba de haber sido su inventor. Como vimos anteriormente, el
racismo había adquirido una base “científica” mediante el darvinismo social, que se
difundió por muchos países. Para Hitler existía una jerarquía racial, estando los
germanos, pertenecientes a la raza aria, en la cima. Los judíos, pese a ser miembros de
una raza inferior, estaban sangrando económicamente a la raza germánica. Otra idea
relacionada con la biología era su creencia en la necesidad de un espacio vital
(liebensraum). Entendía que el espacio ocupado por Alemania era insuficiente, por lo
que era necesario no solo unir a los todos los alemanes en un gran país, sino expandirlo
hacia el Este, sobre todo a costa de Polonia. Pero estas ideas –racismo, necesidad de un
espacio vital- inicialmente solo eran capaces de movilizar a sectores reducidos de la
sociedad.
La vigorosa denuncia de los nazis del Tratado de Versalles, sí era capaz de
sintonizar con muchos alemanes, que percibían este tratado como un diktat, una injusta
imposición a Alemania, pero aun así, en 1928 el pequeño partido nazi solo obtuvo en las
elecciones el 2,6% de los votos y 12 diputados. Fue sobre todo la crisis de 1929 la que
insufló oxígeno al partido, que supo atraer a su campo a la mayoría de los descontentos.
En las elecciones de 1930 logró el 18,2% de votos y 107 escaños, convirtiéndose en la
segunda fuerza política. Fue también importante la subida de otra fuerza radical, los
comunistas del KPD, mientras los partidos moderados, defensores de una república
democrática (socialdemócratas del SPD, centristas…) retrocedieron y lo siguieron
haciendo en las ulteriores elecciones. En 1932 hubo elecciones en julio y en noviembre,
pasando los nazis a convertirse en el primer partido (37,3% y 230 diputados en julio y
33,1% y 196 en noviembre). La convocatoria de tantas elecciones se debía a que el
sistema político era cada vez más inestable.
El presidente de la República, el viejo general Hindenburg, quería mantener la
democracia, amenazada por el ascenso de nazis y comunistas. Sin embargo, en enero de
1933 debió resignarse a nombrar a Hitler canciller (presidente del gobierno) en un
gobierno de coalición. Días después Hitler disolvió el parlamento (Reichstag), cuyo
edificio fue incendiado por un comunista holandés en febrero. Hitler aprovechó el hecho
para solicitar –y obtener- del parlamento poderes excepcionales que limitaron las
libertades. Cuando en marzo de 1933 se celebraron las elecciones, los nazis alcanzaron
el 43,9% de los votos y 288 escaños, lo que les situaba cerca de la mayoría absoluta. El
nuevo parlamento, con apoyo de otros grupos nacionalistas radicales, permitió a Hitler
legislar sin necesitar aprobación parlamentaria.
A partir de ese momento, la construcción de una dictadura totalitaria se aceleró.
La política represiva se hizo más evidente, siendo importante la participación de las
organizaciones paramilitares nazis, las SA y las SS. Además se creó una policía política,
la GESTAPO. Ya en la primavera de 1933 se abrió en Dachau el primer campo de
trabajo para presos políticos y se produjo un primer boicot a los judíos. Progresivamente
se fueron ilegalizando a los partidos políticos, comenzando por el KPD. Los sindicatos
fueron prohibidos, creando un sindicato único y obligatorio, el Frente Alemán del
Trabajo. En el verano se proclamó el III Reich, evidenciando la intención nazi de
perpetuarse en el poder. Cuando el presidente Hindenburg murió en 1934, Hitler asumió
sus funciones y se proclamó Führer (jefe), sancionándose su decisión con un plebiscito.
Incluso el sector nazi más izquierdista y menos dispuesto a aceptar el liderazgo
de Hitler fue reprimido. En junio de 1934, en la “Noche de los cuchillos largos” se
desató una purga en la que se detuvo a más de mil nazis y se asesinó a muchos,
incluyendo a Röhm, jefe de las SA y segunda figura más destacada del partido.
Junto a esta represión, se puso en marcha una impresionante política
propagandística, dirigida por el ministro Goebbels. La juventud fue objeto de especial
atención por la propaganda, produciéndose un encuadramiento masivo en las
Juventudes Hitlerianas. La enseñanza se vio totalmente manipulada para inculcar a los
alumnos ideas nacionalsocialistas: racismo, culto a Hitler, formación paramilitar, etc.
Las ideas nazis sobre el papel de la mujer eran un tanto contradictorias, ya que
aunque aceptaban su participación en el mundo laboral, les importaba sobre todo su
docilidad.
Los éxitos económicos apuntalaron al régimen nazi. Se puso en marcha una
economía planificada, comenzando el primer plan cuatrienal en 1933 y muy pronto
comenzó a descender el número de parados. El objetivo económico era conseguir la
autarquía y se promovieron obras públicas como autopistas y la fabricación de
armamento. Para muchos alemanes Hitler aparecía como un hombre clarividente que
había sacado a Alemania de la crisis. Hubo otras muchas medidas que fueron populares,
por ejemplo, el sindicato nazi permitió que muchos trabajadores disfrutaran de
vacaciones gratuitas en balnearios o se comenzó a fabricar un coche que estaba al
alcance de cualquier ciudadano, el Volks Wagen (coche del pueblo). Un alemán común
podía sentirse satisfecho porque la limitación de libertades y la ausencia de democracia
estaban sobradamente compensadas con la mejora de su nivel de vida.
Hitler se mostró muy activo en política exterior. Disponía de argumentos para
criticar el Tratado de Versalles. Este había impuesto a Alemania un ejército reducido y
escasamente equipado, en lo que debía ser el preludio de un desarme general. Ese fue el
objetivo de la Conferencia de Desarme que comenzó en 1932. Al convertirse en
canciller, Hitler solicitó que se produjese dicho desarme, pero los franceses se
opusieron, lo que Hitler aprovechó para retirarse de la Conferencia de Desarme y de la
Sociedad de Naciones (1933) y para negarse a seguir pagando las reparaciones de
guerra (1934). Esos fondos pudieron emplearse en su política económica.

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