jueves, 25 de mayo de 2017

ÁFRICA SUBSAHARIANA

Normalmente los líderes políticos de esta zona fueron inicialmente populares,
pero hubo dos evoluciones habituales: o bien militares golpistas como el ugandés Idi
Amin Dada los derribaron, o bien los propios dirigentes iniciales terminaron
convirtiéndose en dictadores, como Houphouet-Boigny, que gobernó Costa de Marfil
desde su independencia hasta su muerte (1960-1993). De este modo, la liberación de las
metrópolis no supuso una verdadera democratización. Con harta frecuencia, los
dirigentes aprovecharon los recursos de sus países en beneficio propio y de sus
partidarios y para defenderse de grupos opositores, no dudaron aceptar la tutela de
potencias como EE.UU., la URSS o Francia.
África Subsahariana ha sido escenario de varios enfrentamientos étnicos, como
el que se produjo en Nigeria cuando los igbos intentaron conseguir la independencia de
la rica región petrolera de Biafra. El aplastamiento de la revuelta ocasionó
aproximadamente un millón de muertos. ención aparte merece el intento de mantener el dominio de los blancos en el
Sur del continente. La minoría blanca proclamó unilateralmente la independencia de
Rhodesia (actual Zimbabwe) pero en 1979 debió ceder el poder. Mayor importancia
revestía la Unión Sudafricana, país con enormes recursos económicos y con una minoría
blanca notable numéricamente y que monopolizaba el poder frente a otras minorías
mulatas e indias y sobre todo los negros, que eran mayoría absoluta.
Los blancos pusieron en marcha tras la Segunda Guerra Mundial una política de
“apartheid” (desarrollo separado) de las comunidades étnicas para preservar su dominio.
Al comenzar el proceso emancipador, ante el temor de que el Reino Unido promoviera
una independencia que diese el poder a la mayoría negra, optaron por proclamar su
independencia como República de Sudáfrica.
Aunque los blancos mantuvieron una estrecha alianza con Estados Unidos
durante la Guerra Fría, debieron recurrir a una cruel represión para sostener su sistema,
lo que generó un rechazo internacional, que afectó incluso a la opinión pública
estadounidense. En 1989, el final de la Guerra Fría favoreció una salida dialogada,
destacando el papel conciliador de Nelson Mandela, presidente del Congreso Nacional
Africano, que se convertiría en presidente en 1994.

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